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Reclusión.
Para quienes estamos vivos y lúcidos, ejercitar la memoria es un deber.
No importa quien fue. No importa dónde lo hizo. No importa exactamente la cuenta de cuánta vida segó. Es alguien, uno, uno más, cualquiera de tantos que durante un fragmento de su propia oscura vida, decidió sobre la vida de otros.

La vida es un bien infinito, un regalo, un tesoro de valor absoluto. Por eso la vida de un hombre vale lo mismo que la de diez, o cien. Es la única. Es todo. Es su vida.

Cuando vemos que, finalmente, la justicia se decide, encuentra, juzga y condena a algo que alguna vez se creyó miserablemente poderoso, que cercenó vidas, que ejercitó horrores, que decidió sobre el todo de otros seres, no podemos menos que sentir alivio. No es alegría, no es revancha, no es venganza. Es el alivio de ver que alguna pieza encaja en su sitio, en su madriguera, en el hoyo en el que debía estar desde hace mucho tiempo. Esta justicia que tenemos, con velas hinchadas necesariamente en dirección del viento reinante, ha dado un paso más, seguramente no tan valiente, probablemente no tan certero ni presuroso, pero uno más en la dirección correcta.

Es cierto que algunos se fueron de Argentina porque sí, porque vislumbraban un futuro mejor. Pero tan cierto como eso es que otros, muchos, tuvieron que irse para poder tener futuro, escapando de unos pocos que se adueñaron del presente.

Por aquellos que murieron sin esperanza, sin razón, sin motivo; por aquellos que encontraron en la muerte el único alivio al dolor inexplicable, al horror sin fin; por aquellos que desde ese día vagaron y se sometieron a cuanto capricho fuera necesario, con la vana esperanza de volver a verlos; por aquellos otros, que murieron plácidamente, por ideología o candidez, sin entender qué pasaba en su propio país. Por todos ellos, pero fundamentalmente por los millones que siendo protagonistas, aceptaron su lugar de espectadores, no dejemos que esto sea un titular más, una noticia del día, algo que vemos en un noticiero mientras cenamos.

Por todas esas almas que vieron comprometida, de una y otra manera, su existencia misma al antojo de unos pocos, mantengamos por un rato encendida la antorcha de la memoria en aquellos que no existían cuando esto pasó, sembrándoles, al menos, la mordida inquietante de la duda.

Algún día, nuestros nietos leeran sobre esto un par de renglones en lenguaje neutro de sus libros -o dispositivos- de historia, y nuestros hijos se sentarán entonces, con un raro orgullo, a contarles lo que sus padres les dijeron.

Que algo que parecía un hombre, volvió una noche al hoyo miserable donde no sabía que pertenecía. Y que ya nunca más salió.



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